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Año XIV, vol 11, N°2, abril de 2004

 

Roberto Saubidet

Hace cincuenta años, en un humilde comedor del viejo Hospital de Alienadas, el valenciano cocinero entra orgulloso con su sartén de paella, y le ofrece un bocado al médico interno. Después de saborearlo mientras contempla la Luna que luce en la ventana, el médico extiende su mano al español:

- Lo felicito hombre... esto vale más que un Weigert a congelación...

El interno era Braulio Moyano... Y el testigo, que me relató esta comparación entre dos artes, era Roberto Saubidet.

Hoy nos cuesta creerlo... En la misma guardia estaban Moyano y Saubidet. La decadencia no permitirá que se repita otra escena del mismo calibre. Ese tipo de hombre ya no vuelve. Ellos eran éticos. Nosotros hablamos de ética.

En este desabrido diciembre de 2.003, se apagó la vida de Saubidet. Con él se ha ido el último de los tres grandes. Los otros eran Ramón Melgar y Omar Ipar. Ahora, definitivamente, la psiquiatría argentina ha quedado sin capitanes. Ellos eran nobles. En cada enseñanza, con la que impregnaban su generosidad, se podía escuchar “apres nous le déluge”. Estaban para conducirnos. Eran políticos. Nosotros sólo hablamos de política.

Sorprendente, muy sorprendente, era Saubidet. Cuando le pregunté qué lo llevó a traducir la Psicopatología de Jaspers, yo esperaba una respuesta doctrinaria, filosófica, como la que quieren los jóvenes que preguntan esas tonterías. Con toda seriedad me dijo: “porque es un excelente ejercicio de alemán”. Cuando me regaló la Paleontología de Romer, comentó: “ es una obra muy hermosa y sería un error tomarla en serio”. Cuando me regaló el “Körperbau” afirmó: “Kretschmer es el único psicólogo que podría ganarle a Goethe”. De Darwin dijo: “no es fácil saber si realmente quería explicar algo”. De Betelgeuse: “esas bolas de gas están pasando de moda y el cielo quedará sin solución”. De Heliogábalo: “era mucho más refinado que Lúculo, porque tenía la aristocracia de los esquizofrénicos”. De la melancolía agitada: “quien, en una tarde de guardia, recorre los pabellones y no ve un caso, tiene que dedicarse a vender naranjas”. De Paganini: “el pacto con el diablo viene del que hizo Beethoven con Dios”.

Lo recuerdo hablando de los relojes de catedrales, del significado histórico del ferrocarril, del límite Rin-Danubio, del futuro de la India, de los colores de Rembrandt, de los peces ganoideos, la educación del superdotado, el matrimonio rural, el carácter de las pelirrojas, la selección de las uvas, la falta de buenos barítonos, la sociología del fútbol y el origen de los diminutivos. “Usted dice que yo soy una enciclopedia. Se equivoca. No soy más que un charlista”, comentó mientras me mostraba un desconocido retrato de Leibniz, que había encontrado entre las hojas del Jaspers original que utilizó para la traducción: el último libro que me regaló.

Decía que Melgar e Ipar eran “los olímpicos”. Y ellos, por su parte, me aseguraban que Saubidet era el alienista más sagaz que habían conocido.

Gran dibujante. Su tema preferido: los gestos y las posturas de los viejos esquizofrénicos. La mirada vacía de los apáticos, la inclinada cabeza de los murmuradores, la sonrisa pícara y triste de los hebefrénicos, todo lo captaba en apuntes que a veces guardaba celosamente, pero otras veces olvidaba en cualquier sitio. “Esto hay que mostrarle a los muchachos, para que aprendan qué es el pronóstico, qué es el destino”, decía señalando una giba que lograba de un solo trazo.

Parecía un intelectual puro, un fruto de biblioteca, pero era asombrosamente práctico, conocedor de hombres, infalible diagnosticador. Y, sobre todo, un amigo tan seguro como imperceptible.

Querido Saubidet: ahora, que no puedes negarlo, te lo diré: has sido el mejor.

Juan Carlos Goldar

10/12/20003  

 

 

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