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ALCMEON 13

Consideraciones sobre la angustia

Darío Raúl Rojas


Palabras clave
Angustia, filogenia.
Resumen
La angustia es presentada como un elemento no derivado y primario de la conducta, en analogía con los instintos. Se observa el comportamiento humano desde una perspectiva filogenética.
Summary
The anguish is showed like an element not derivative and primary, in analogy with the instincts. It is philogenetic view of the human behavior.
1
Uno de los problemas fundamentales que debe tratar la psiquiatría clínica es la construcción de una nosología que responda a las expectativas de una disciplina médica. Una correcta valoración del material en estudio plantea la máxima dificultad al tener que enfrentarnos con ingredientes poco mensurables, tan es así que el aforismo “Se debe medir lo medible y hacer que lo sea aquello que no lo es”, válido desde Galileo para las ciencias naturales en general, al ser sólo aplicable al mundo “exterior y objetivo”, se ve entorpecido cuando se enfrenta con la interioridad anímica.
Kurt Schneider trató de manera bella y profunda esta cuestión: “Los conceptos psicopatológicos surgen de la observación clínica y con esta última han de ser constantemente contrastados. Debe exigírseles que reflejen y correspondan, en lo esencial, a la realidad clínica que constituye su punto de partida, su meta y su sentido... Difíciles de enjuiciar, y la mayoría de las veces muy ambiguas, son las anomalías del sentir. El juicio acerca del estado de humor no se orientará, naturalmente, por aquello que acerca de este último diga el propio interesado. Tan sólo mediante contacto vivo y directo con un ser humano se puede saber y enjuiciar acertadamente si una distimia depresiva es verdaderamente profunda, si una alegría es auténtica y natural. Ambos estados de humor carecen en sí, y en absoluto, de significación diagnóstica, y lo mismo sucede con la angustia.”
Esta insuficiente “significación diagnóstica” de la angustia se refuerza por la universalidad de su manifestación, ya que aparece tanto en la vida normal como patológica. Por este motivo se la encuentra dentro de los complejos sintomáticos homónimos, de la clasificación que Karl Kleist hace de los síntomas de acuerdo a su parentesco con la vida normal.
Una segunda cuestión distancia aun más la angustia de la “significación diagnóstica”, y es la de calificar este fenómeno como síntoma.
En sentido estricto un síntoma es una “alusión captable a una enfermedad”. La amplia distribución de la angustia hace que no siempre aluda a un estado patológico; sumado a que nos enfrentamos la mayoría de las veces solamente con estructuras psicopatológicas concebidas por un estado clínico y un curso determinados, convierte nuestro síntoma de “alusión” en rasgo de una estructura determinada.
Sin embargo, el concepto de “no comprensibilidad” de K. Jaspers, respecto de las psicosis, puede aplicarse aquí y considerar que cuando la angustia surge cumpliendo esta cualidad alude a un estado morboso. Valorada de esta forma, debemos definirla de manera tal que surja de la observación clínica con las características de la mayor objetividad para que sea posible afirmar cuando se presenta: esto es.
La angustia es una conducta que ha aparecido y evolucionado bajo una presión de selección, por su utilidad para la propagación genética. Esta utilidad es, por supuesto, “inconsciente”. De ahí el valor del consejo de Schneider sobre no orientarnos “por aquello que diga el propio interesado”.
Tomada como conducta tiene algunos puntos de contacto con los instintos. Presenta un tono básico y necesita de un desencadenante, manteniéndose su expresión dentro de estrictos límites. Lo variable, donde actúa el aprendizaje, es la diversificación y ampliación de sus desencadenantes: no se aprende la angustia sino una nueva forma de desencadenarla. H. Kunz ha intentado circunscribirla: “...el presupuesto de todo el fenómeno —y no el percibido, sino el ontológico— es siempre la mortalidad del ser humano. No se trata en modo alguno de angustia ante la muerte, ante el tener que morir; la mortalidad es algo constitutivo de todo lo vivo y en esa medida el origen ontológico, pero no la causa ni la ocasión de la angustia.” De esta manera se manifiesta como conducta reactiva frente a cualquier suceso que se adjudique el valor de amenazante para la vida, aun en su sentido más amplio. Es así que, surgida en un ser vital, alcanza en el hombre lo habitualmente considerado “suprabiológico”.
Un individuo no necesita saber de la muerte para escapar de ésta con éxito. La mortalidad ha promovido selectivamente una multiplicidad de conductas de evitación de situaciones amenazadoras, conductas estrictamente necesarias cuando aún no se ha establecido una conexión entre peligro y muerte para erigir un valor —niños—. Es importante que la angustia se presente también en situaciones que sólo mediatamente perturbarán la expectativa de vida o las perspectivas de reproducción, bases de las conductas parenterales y del altruismo. De esta manera la angustia debe su génesis filogenética a la mortalidad de los organismos, como propone Kunz, pero su fenomenología no permite registrar nada de ello. Por eso la angustia lleva en sí un elemento a priori irracional, y su comprensibilidad radica en que “mientras la producción endógena de angustia coincida aproximadamente con el peligro real y se mantenga la armonía global evolutivamente adquirida del sistema instintivo, solamente entonces podrá el organismo estar ajustado”.
Por las mismas características de universalidad que dificultan su utilización como síntoma, la angustia mantiene o modifica la armonía global del sistema en el cual aparece. De esta manera, partiendo de la descripción y la ordenación de los fenómenos que se presentan, trataremos de llegar a la abstracción de los factores que imperan en ellos.
2
Una mujer, internada en el servicio de agudos de un hospital neuropsiquiátrico. De estatura baja, delgada, sus músculos aparecen acintados y hay demarcaciones óseas aquí y allá. De cabellos grises, hace tiempo que transita su menopausia. Lo prominente es la angustia, su rostro muestra temor y vigilancia, sus ojos se mueven continuamente hacia puertas, ventanas y detrás de los objetos. La mirada es de súplica cuando se dirige a médicos o enfermeras. Con su cuerpo semiagazapado, las manos frente al pecho permanecen juntas y se estrujan los dedos cuando no se aferran a las personas en un clamor de ayuda. Piensa que será asesinada. No sabe por qué, no ha hecho nada malo, ni por quién, ni siquiera cómo, no intuye preparativos. Sólo cree hallarse en una situación vitalmente peligrosa.
Las pautas de conducta aparecen desconectadas de una “representación finalista orientadora”, pero su contenido temático común es el de alerta y pedido de ayuda. Cada fragmento de su conducta, tomado aisladamente y retirado de sus relaciones con los demás, puede asimilarse a comportamientos que en otras situaciones contienen una motivación muy distinta y por supuesto, difieren en su finalidad.
Permanecemos inmóviles, se la deja hacer. Se cuelga con ambas manos de mi brazo y apoya la mejilla sobre la cara anterior de mi hombro, apenas segundos, gira sobre sí misma, enfrenta a la enfermera, gira nuevamente buscando con su mirada mis ojos, su mano derecha aferrada a mi brazo izquierdo, su palma izquierda apenas apoyada en mi pecho. Gira otra vez y apoya la espalda en mi tórax, toma mi mano y, llevándola por sobre su hombro izquierdo, apoya mi palma en su epigastrio, mi brazo entre sus pechos. Apoya en mí su mejilla y busca otra vez con su mirada mis ojos.
El rasgo que caracteriza la angustia está contenido en su nombre. Derivado del latín angustus, significa estrechez; en alemán la palabra Angst procede de eng, angosto, estrecho. Esta estrechez se localiza somáticamente —generalmente en la región precordial—, y esta ligazón a las sensaciones corporales es el elemento esencial para su reconocimiento. Las sensaciones somáticas como sentimientos, señala Jaspers, son al mismo tiempo “factores de los instintos”. “Así con sensación, sentimiento, afecto e instinto un todo”. Excitada la vitalidad, se produce un movimiento tendiente a lograr una comprensión, ya que la angustia es inobjetiva y debe buscarse a sí misma un contenido.
La angustia es una emoción dada en relación con el ambiente, considerado éste como un todo. De esta manera es una retracción de las fronteras de la individualidad, una alteración de la barrera-yo-ambiente, Ich-Umwelt-Schranke, con el mismo significado de la opresión percibida, en coincidencia, somáticamente. Hay en ella dos tendencias, o si se quiere dos angustias, una dirigida a lo vital, hundiendo sus raíces en lo somático, y otra dirigida a la intelectualidad e inductora de la interpretación de lo circundante.
En la primera se manifiesta un estado de excitación interior, sentimiento que llamamos agitación, y cuya gradación se extiende desde la inquietud del estrujarse las manos y dirigir miradas recelosas o de franco temor a uno y otro lado, hasta la superabundancia de movimientos no dirigidos, de máxima expresión en la llamada “tormenta de movimientos”. Aquí se desorganiza el comportamiento y desaparecen los movimientos controlados por la voluntad junto a un incremento de la actividad vegetativa. La amenaza ante la cual se reacciona se precipita y es inabarcable. Pero si lo amenazante aparece súbitamente en nuestro horizonte de sucesos, la vivencia emocional a que da lugar es aquella que denominamos susto, perturbando la continuidad del flujo de vivencias y produciéndose un impacto sobre el yo individual. En el pánico, al contrario, la amenaza recae sobre la vida como tal y no sobre la individualidad. Por ejemplo, en el surgimiento del pánico ante la visión de un accidente o un delito, los cuales no nos comprometen. En el miedo o temor, lo amenazante no es percibido como “directamente actual y palpable”, aunque, y a diferencia de la angustia propiamente dicha, siempre tiene un objeto. Las expresiones del temor son el retroceder y recogerse del cuerpo, la huida y el quedarse inmóvil. Esta angustia, desde la vitalidad, impide la utilización del ambiente, es una emoción fuertemente inhibitoria que hace desaparecer el horizonte noético conservando sólo una única íntima relación con el objeto desencadenante.
En su otra dirección es interpretativa del ambiente. Una excitación sensorial adecuada promueve el aumento de la vigilancia, es decir la búsqueda de desencadenantes —significantes— en el ambiente, para la liberación de conductas previamente concatenadas. Esto es la exploración a favor de situaciones vitalmente peligrosas. El mero aviso de su existencia es la angustia, seguida por la evaluación de los datos necesarios para su comprehensión y la conducta evitativa resultante, aquello que vulgarmente se denomina paranoide en psiquiatría. Multitud de factores pueden señalarse como causales de angustia, pero el fenómeno que siempre subyace es la mortalidad del ser humano. Esto no quiere decir que la muerte sea percibida como un peligro real o inminente, esto desde ya desencadena angustia, pero también se presenta en muchas otras situaciones que sólo mediatamente perturbarán las expectativas de vida, no sólo del mismo individuo sino también las de sus allegados vitales. Es esta vivencia entonces la que nos da noticias de la peligrosidad del ambiente en el cual nos movemos, en forma muy distinta al miedo, que se refiere siempre a un objeto concreto y su amenaza es anticipada como posibilidad futura. Se dice que la angustia es anónima, es decir, indeterminada y sin objeto, lo que vemos en la clínica práctica es que se busca a sí misma un contenido, actuando como un llamado hacia el ambiente. De este modo es una conducta apetitiva, de búsqueda de estímulos, y no consumatoria como puede serlo la huida de algo peligroso. Esto resulta en una vigilancia tensa y permanente.
En cada especie animal es dable observar un nivel o grado de angustia propio y que se encuentra en relación al grado promedio de amenaza bajo el cual debe vivir. En el ser humano esta variación la encontramos con facilidad también en los distintos individuos. Esta entrada endógena de angustia varía también en el tiempo. Encontramos así oscilaciones en las que los individuos se encuentran más o menos facilitados para la angustia, permaneciendo estables los desencadenadores de esta reacción. La constitución de un sistema rítmico endógeno para esta conducta nos reafirma la naturaleza también endógena de su patología. Considerada de este modo, la angustia constituye también un mecanismo biotónico en el sentido de Ewald. “Sin duda, al hombre le faltan largas cadenas de estímulos instintivos enlazados forzosamente entre sí, pero cabe suponer que dispone de impulsos auténticamente instintivos no inferiores, sino bastante superiores a los de cualquier animal.”
Algunos han descrito la ansiedad como una emoción anticipatoria, en ese caso, creo que ansia y anhelo constituirían una singularidad de la cual parten vectores divergentes, hacia el agrado y el desagrado.
La hipercinesia en el caso descrito, en su sucesiva variación, muestra distintos estados emocionales por los que atraviesa la paciente, todos mencionados ya, salvo aquellos movimientos que podríamos llamar de seducción. Para llegar a entender la aparición de conductas que en otro contexto tienen un significado sexual, debemos tener en cuenta que nos enteramos de los estados emocionales del otro a través de sus expresiones, y que esas expresiones son dirigidas a nosotros. El miedo es un poderoso formador de vínculo, la meta de la huida muchas veces es un congénere. El impulso sexual también es un importante formador de vínculo. El vínculo individualizado tiene una acción inhibidora de la agresión derivada del conocimiento personal que se ha desarrollado. Entre las conductas que determinan la atenuación de las situaciones vitalmente peligrosas intraespecíficas existen comportamientos de apaciguamiento o, directamente, de verdadera sumisión. Esto se ve especialmente en las relaciones social-jerárquicas, implicando un despliegue sexual por parte del sumiso.
Doctrinas psicológicas demasiado venturosas, han invertido el camino filogenético de las conductas en sus intentos teórico-explicativos. Así, hablan de las relaciones sociales humanas sobre la base de las conductas sexuales, como cuando se afirma que el comportamiento de una madre para un hijo tiene un significado sexual. Éstas son formas de comportamiento pertenecientes a la relación madre-hijo, que sólo secundariamente se han puesto al servicio de los vínculos entre adultos. Por otra parte, hablar de sexualidad infantil es contradecir la historia natural.
La angustia y el miedo en el caso de nuestra paciente son patológicos sólo en su falta de motivo, imponiendo la representación de acaecimientos vitales nocivos. Incluidos en el comportamiento angustioso aparecen actos que implican movimientos sexuales. Esta duplicidad es bien conocida por los biólogos, ya que se remonta muy atrás en la serie filogenética, y adquiere su mayor complejidad en los mamíferos, especialmente en los grandes antropoides.
Cuando el peligro surge en relación a los vínculos sociales, se desencadenan gestos o comportamientos de apaciguamiento. En nuestro caso interesa la presentación sexual de las hembras, conducta que no necesariamente desencadena el coito y sí, casi obligatoriamente, comportamientos de cuidado del macho sobre la hembra. Los machos utilizan también esta conducta, originariamente femenina, como gesto de sumisión ante un congénere de mayor jerarquía. En este caso la homosexualidad sería desencadenada por la presión social sobre determinadas personalidades. El apareamiento en sí ya no interesa. La conducta precopulatoria reprime la agresión con tanta eficacia como el apareamiento mismo. Es lo que habitualmente llamamos seducción cuando nos referimos a nuestra especie.
Formamos una sociedad. Por lo tanto, sobreabundamos en conductas cuyo destinatario es el otro, o mejor, toda nuestra conducta se emite invariablemente, también como un mensaje al otro. Únicamente los animales que cuidan crías forman sociedades, la mayoría basadas en el vínculo familiar. Esta conducta social ha evolucionado a partir del comportamiento de cuidado de la cría, pero es una relación recíproca madre-cría, como demostró Harlow con los trastornos comunitarios originados cuando esta relación se altera. Pero la conducta social jerárquica no sólo es humana, ni siquiera antropoide, ya las abejas cuidan y alimentan sus crías y construyen grandes sociedades.
3
En el estudio de las psicosis, se presentan dos formas clínicas en las que la angustia es lo esencial del cuadro. Una es la psicosis de angustia paranoide, descrita por Wernicke y Kleist, polimorfa y bipolar en el sentido de Leonhard, con un contrapolo extásico. Este síndrome brinda la verdadera angustia, aquella necesariamente paranoide de acuerdo con lo que se detalló hasta ahora. La angustia no paranoide, aquella de la melancolía agitada, la gehetzte Depression de Leonhard, tiene como manifestación principal el miedo. Este último cuadro fue incluido por Kraepelin dentro de los estados mixtos, por él creados, con la denominación de depresión excitada, erregte Depression. El gran maestro de Munich señala en su descripción que “en ocasiones se escucha de los enfermos observaciones chistosas o mordaces” (Gelegentlich hört man von den Kranken witzige oder bissige Bemerkungen). Otra vez aparece dentro de un cuadro angustioso una conducta incoherente, pero sólo en la superficie. El hombre posee en la sonrisa y el chiste un importante elemento amortiguador de la agresión, desencadenando a menudo una respuesta amistosa. El miedo surgido espontáneamente en esta psicosis es un aviso de agresión inminente.
El saludo cumple una función similar, sólo basta el observar qué nos sucede si alguien de nuestro mismo hospital, sin ningún motivo conocido, deja de saludarnos. Nuestra predisposición hacia esa persona para los próximos encuentros cambia notoriamente. Las conductas de apaciguamiento son numerosas y de constante presentación, con tanta claridad como cuando llevamos un regalo a la casa de los amigos que nos han invitado a cenar, y hacemos invasión de su territorio.
Las conductas sexuales son más frecuentes en aquellas psicosis que se caracterizan por un componente confusional o amencial, Verwirrtheit, donde se pierde más fácilmente la armonía con el ambiente. Es en la catatonía y en la confusión excitada de Wernicke, cuyas fluctuaciones entre la festividad y la congoja favorecen la expresión de las manifestaciones de apaciguamiento, que no sólo son sexuales, por supuesto, incluyen ruegos, súplicas y aun conductas propias de los niños.
Fuera de este ámbito, la angustia se entromete en las manifestaciones de las distintas psicosis, siendo para algunas más característica que para otras. Más allá, en el resto de los fenómenos estudiados por la psiquiatría, asume sus particularidades, pero ya no serán tratadas aquí. Quedo conforme si logro despertar el interés por la comprehensión de las conductas desde su filogenia.

Bibliografía
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I. Eibl-Eibesfeldt, Etología, Barcelona, Omega, 1979.
J.C. Goldar, Cerebro límbico y psiquiatría, Buenos Aires, Salerno, 1975.
K. Jaspers, Psicopatología general, Buenos Aires, Beta, 1980.
E. Kraepelin, Psychiatrie. Ein Lehrbuch für Studierende und Ärzte, Leipzig, Barth, 1913.
K. Leonhard, Aufteilung der endogenen Psychosen und ihre differenzierte Ätiologie, Berlín, Akademie Verlag, 1986.
Ph. Lersch, La estructura de la personalidad, Barcelona, Scientia, 1971.
K. Lorenz y P. Leyhausen, Biología del comportamiento, México, Siglo XXI, 1979.
K. Schneider, Klinische Psychopathologie, Stuttgart, Thieme, 1980.

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